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Pacientes y desesperados I: Una breve mirada a la labor científica durante los primeros 300 días de pandemia

Fines de enero. A solo un mes de conocerlo, el virus -de gran capacidad infecciosa- debió ser combatido en Wuhan (China) con una cuarentena. Y para fines de febrero, en un periodo de dos semanas, los contagios diarios cayeron. Pero el nuevo coronavirus (Covid-19) ya había salido de China para el mundo. Fue el inicio de la pandemia.

Muchos amamos la ‘normalidad’. Somos libres y tenemos contacto con otras personas. Contacto físico. Pero por la pandemia tenemos que adaptarnos a cumplir nuevos ‘protocolos’: en el papel deberíamos tomar distancia de otros seres humanos.

Bien, ¿cuáles son nuestras opciones para volver a la ‘normalidad’?

Si somos proactivos, la posibilidad de ‘vencer’ al nuevo coronavirus crece a medida que se realizan más investigaciones. En 300 días la comunidad científica ya sabe mucho. Sin embargo, a lo largo de este tiempo la atención se centró en algunas esperanzas que ‘derrotarían’ al coronavirus y ‘nos devolverían’ nuestras vidas. La hidroxicloroquina, la ivermectina y, la más actual, la vacuna.

La hidroxicloroquina: Donald Trump y la revista The Lancet

– ¿Qué tenemos que perder realmente? Esta medicina ha sido probada por muchos años contra la malaria y el lupus, así que ha estado disponible -decía Trump, muy seguro, como suele mostrarse.

Fue en marzo -tercer mes de virus- cuando vino el primer indicio de un tratamiento contra Covid-19.  La información provino de una investigación realizada en Marsella, sobre la hidroxicloroquina, un medicamento usado -sobre todo- contra la malaria.

El origen de la hidroxicloroquina se remonta al siglo XVII, a la leyenda del brebaje de quinina (corteza del árbol de la quina) que salvó a la esposa de un virrey del Perú que sufrió de malaria. El tratamiento se popularizó en el mundo. Más tarde, en 1934, la farmacéutica Bayer reemplazó el uso de la quinina con la cloroquina, una droga sintética, en principio, considerada tóxica para humanos. Los cuestionamientos dieron lugar a la creación de la hidroxicloroquina: un fármaco más seguro… para pacientes con malaria.

Ahora, 2020, la investigación hecha en Marsella sugería un uso diferente para la hidroxicloroquina. Fue solo un primer paso pues -con 42 pacientes- la confiabilidad de los resultados era insuficiente. Faltaban más estudios. Pero el presidente estadounidense Donald Trump vio en ello una solución, a principios de abril:

-Quiero que la gente viva y veo gente muriendo.

Respondía así, solemne, a la pregunta de una periodista sobre su exacerbado interés por utilizar el medicamento antimalárico.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, uno de los primeros defensores de la hidroxicloroquina, a finales a marzo. Foto: Yasin Öztürk – Agencia Anadolu

– ¿Qué tenemos que perder realmente? Esta medicina ha sido probada por muchos años contra la malaria y el lupus, así que ha estado disponible -decía Trump, muy seguro, como suele mostrarse. Quizá era cierto, los científicos son muy ‘paranoicos’ con su necesidad de más estudios. Quizá, también, era oportuno darle esta esperanza a la gente del país que solía ser el más poderoso del mundo, puesto que ya se perfilaban a tener el mayor número de contagiados y fallecidos por Covid-19. Aun así, Trump tenía un soporte: una semana antes la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) -entidad protectora de la salud norteamericana- había autorizado de emergencia[1] el uso de la hidroxicloroquina y la cloroquina para el tratamiento del nuevo coronavirus. Entonces el mandatario siguió promocionando:

-Yo la estoy tomando. Escuché muchas buenas historias y, si no funciona, te diré que no te lastimará.

Lo cierto es que, más adelante, se comprobó que la hidroxicloroquina sí te lastima. O, mejor dicho -dependiendo del estudio en pacientes con Covid-19- en algunos casos causa más perjuicios para la ya deteriorada salud (lo que podría derivar en aumento de mortalidad). En otros casos no sirve para nada. ¿Qué tenemos que perder? Quizá la vida. Viéndolo en retrospectiva, la paciencia es una virtud científica. Porque probar esta inefectividad de la hidroxicloroquina para Covid-19 demoró dos meses… y un revés increíble.

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El infeliz acontecimiento estuvo relacionado con The Lancet -la revista médica más antigua del mundo (existe desde 1823), segunda entre las que causan mayor impacto y repositorio de las más fiables investigaciones.

En marzo, varias instituciones decidieron realizar investigaciones acerca del uso de la hidroxicloroquina contra la Covid-19. Entre estas instituciones estuvieron la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Universidad de Oxford con sus ensayos clínicos denominados “Solidaridad” y “Recovery”, respectivamente.

Los ensayos de la OMS y Oxford eran los más importantes de todos, pero no tanto por el prestigio de estas instituciones. Su ‘real’ importancia radicaba en el gran número de casos estudiados y en el diseño de sus investigaciones. Por ejemplo, a comparación del -antes mencionado- estudio de Marsella, que tenía una muestra de 42 casos en hospitales del sur de Francia, “Solidaridad” posee 3500 casos estudiados en más de 4000 hospitales de 35 países. A su vez, “Recovery” tiene la muestra más grande de todos: 4716 casos.

Otra de las ventajas de ambos estudios es la ‘aleatorización’ de pacientes (ensayo clínico aleatorizado) un diseño de investigación para obtener la máxima fiabilidad en los resultados. Se trata de lo siguiente: los pacientes que aceptan participar en el estudio deben recibir la dosis indicada de hidroxicloroquina pero, en realidad, son solo algunos pacientes los que reciben la hidroxicloroquina, los otros reciben algo que simula serlo: un placebo. La posibilidad de recibir el medicamento o el placebo es cuestión de azar. Ello se registra en secreto sin que el paciente sepa qué se le administra para finalmente comparar las reacciones de ambos grupos.

La investigación de Marsella sobre hidroxicloroquina no fue un ensayo clínico aleatorizado. Por tanto, “Solidaridad” y “Recovery” tenían una misión pesada: hacernos vislumbrar una salida a la pandemia o cerrar una puerta de esperanza. Sucedió lo segundo y fue un desaire, pero no tanto por los resultados, sino por cómo se dieron estos.

El infeliz acontecimiento estuvo relacionado con The Lancet -la revista médica más antigua del mundo (existe desde 1823), segunda entre las que causan mayor impacto y repositorio de las más fiables investigaciones. El 22 de mayo, la revista publicó un artículo científico elaborado por cuatro investigadores y una empresa (Surgisphere). Los resultados desestimaban el uso de la hidroxicloroquina: era más negativo que positivo en el tratamiento contra el nuevo coronavirus. Era casi todo lo que necesitábamos saber. Tres días después, la OMS decidió suspender los ensayos clínicos de “Solidaridad” en hidroxicloroquina. Esta medida fue temporal.

Sapan Desai, médico estadounidense, dueño de Surgisphere y autor clave en la polémica publicación de la revista The Lancet. Foto: Youtube.

Las esperanzas con la hidroxicloroquina se desvanecieron, entre otras opciones, quedaba esperar por el largo proceso por concluir alguna vacuna. Al menos eso es lo que pensaba un sector de la opinión pública: los que no sabemos mucho de investigación científica. Por su parte, varios investigadores no estaban convencidos de lo que veían. Cuando más de 100 personas firman sus objeciones en un documento corto pero eficaz te das cuenta de que lo que hiciste estuvo mal. Esto fue lo que le ocurrió a The Lancet cuando médicos, investigadores, estadísticos y especialistas éticos redactaron una carta detallando la serie de errores del artículo publicado: la propia revista dejó de creer. Así, The Lancet se vio en obligación de sacar un comunicado pidiendo dudar de lo que ya todos creían. ¿Acaso ya no se puede confiar en el contenido que publica una revista científica?

Parece que el impulso por sacar a la luz más información sobre la Covid-19 fue crucial en el garrafal error. Ojalá fuera esa la razón. Porque la dichosa investigación tenía todos los signos para poder no ser publicada, para poder desconfiar. El más importante: la impresionante cantidad de casos recopilados (96 032 casos de pacientes en 671 hospitales de 6 continentes). O sea, habían logrado recopilar una cantidad de casos que solo la OMS y Oxford lograrían alcanzar, si estuvieran juntos… y, sobre todo ¡si lo multiplicáramos por 12!. Pero ahí no acaba la cosa.

Recopilar miles de datos es una tarea ardua. Si bien las nuevas tecnologías facilitan bastante su ordenamiento, se necesitan muchos trabajadores. La empresa encargada de esta tarea fue Surgisphere, fundada el año 2007 por Sapan Desai – un médico estadounidense de aspiraciones tan grandes como sus casos recopilados. Lo que se sabe de los inicios deesta empresa es que se dedicaba a la venta de guías médicas y libros de texto; como sea, no se quedaron ahí, buscaron nuevos caminos, innovación. Muchos no ven en Surgisphere la empresa exitosa que dice ser: en 2010 fundaron Journal of Surgical Radiology, una revista científica que solo duró tres años pero que alcanzaba los 50 mil suscriptores y 1 millón de visitas al mes, según lo que comunicaba la misma empresa[2]. Casi no se entiende por qué la cerraron. Pasando a la actualidad, al momento de la polémica investigación Surgisphere contaba con la increíble cifra de ¡11 trabajadores!.

Parecía imposible recopilar 12 veces lo de la OMS y Oxford, pero descubrir que solo 11 personas hicieron ese trabajo… ¡pobres humanos! No. Es imposible. Ni mencionemos la dificultad que existe con la tecnología que deben poseer la empresa y los 671 hospitales que recopilaron los datos. Además, instituciones como la Universidad de Stanford negaron haber participado en el estudio, como lo indicaba la web de Surgisphere.

La revista The Lancet cometió un error y -como entidad responsable- decidió enmendarlo. Se trató de hacer auditoría para verificar los datos. Aquí fue cuando Surgisphere no quiso progresar más y -aduciendo acuerdos de confidencialidad- se negó a entregar la data completa del estudio. Esa fue la estocada final. Trece días después de la publicación del estudio, tres de los cuatro autores decidieron retractarse (no se retractó el fundador de Surgisphere, Sapan Depay). “Nos disculpamos profundamente con usted, los editores y los lectores de la revista por cualquier vergüenza o inconveniente que esto pueda haber causado”. Y así la hidroxicloroquina volvió a los estudios, un ratito más.

La OMS anunció que “Solidaridad” volvía a los estudios de la hidroxicloroquina. La paralización había sido una medida preventiva por el bienestar de los pacientes participantes en la investigación. Aun así, la imagen mostrada a la opinión pública quedó como una marca. No importó que “Recovery” anunciara ese mismo día -de forma preliminar- la inutilidad de la hidroxicloroquina. No importó que -dos semanas después- el 18 de junio la propia OMS le pusiera punto final a su investigación con el antimalárico. La ciencia falló en el momento que más seguridad se necesitaba. Para una parte de la gente, la confianza se perdió.

Por Diego Alzamora


[1] La FDA revocó el uso de emergencia de la cloroquina y la hidroxicloroquina el 15 de junio de 2020.

[2] Para más información: https://www.sciencemag.org/news/2020/06/whos-blame-these-three-scientists-are-heart-surgisphere-covid-19-scandal


Foto Principal: Jean-Francois Badias, AP Images

Lee la parte II en: https://ochomildias.blogspot.com/2021/03/pacientes-y-desesperados-ii.html

Publicada originalmente en Pantera Pódcast el 30/10/2020.

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